El sonido seco del balón al botar sobre la madera pulida suele tener un compás metódico, casi militar, en los entrenamientos de cualquier academia. Pero esta mañana, en el Multigimnasio Socorro Cerón de Mérida, el cuero naranja no rebotaba por disciplina: flotaba por puro encanto.
Había cincuenta pares de ojos infantiles que no parpadeaban, fijos en esa esfera que giraba sobre un solo dedo índice como si desafiara la gravedad y el calor peninsular.
No era un día cualquiera para el baloncesto yucateco. A la capital habían llegado los herederos de una leyenda que cumple un siglo de desafiar las leyes de la física y el aburrimiento: los Harlem Globetrotters.
El primer estallido de carcajadas lo detonó Globie. La simpática mascota irrumpió en la duela rompiendo cualquier protocolo ceremonial, arrancando sonrisas de oreja a oreja entre niños y niñas que, apenas dos semanas atrás, sudaban la camiseta en la Clase Nacional de Basquetbol de la Conade.
No estaban ahí por casualidad; sus entrenadores en las ligas locales los habían elegido no solo por meter canastas, sino por saber escuchar, respetar al rival y mantener la disciplina. El premio a ese esfuerzo silencioso era, nada menos, que compartir la duela con gigantes de carne, hueso y fantasía.
Entre las miradas asombradas de los pequeños y la bienvenida institucional a cargo de Armín Lizama Córdova, director del IDEY, la duela se transformó en un teatro vivo. De pronto, la altura se volvió relativa. Por un lado caminaba Donte “Hammer” Harrison, una auténtica torre de 2.06 metros que con 16 años de gira parece tener un resorte en lugar de tobillos; bastaba verlo flexionar las rodillas para imaginar los tableros temblando con sus clavadas.
Y al otro extremo, el contrapunto perfecto: Jahmani “Hot Shot” Swanson. Con apenas 1.35 metros de estatura, “Hot Shot” demostró en cada amago que la grandeza en este deporte no se mide con cinta métrica. El balón parecía una extensión viva de sus manos; pasaba entre las piernas de los niños, rebotaba a espaldas de los defensas improvisados y terminaba siempre con un guiño cómplice y un pase milimétrico que arrancaba aplausos unánimes.
En cada finta, en cada balón que giraba en la punta de un bolígrafo o en el dedo de un niño que apenas alcanzaba a sostener la respiración, flotaba el fantasma entrañable de Wilt Chamberlain, las risas eternas de Meadowlark Lemon, las picardías de Goose Tatum y el silbido inolvidable de Fred “Curly” Neal. Cien años de historia resumidos en una mañana de sudor, consejos y risas francas.
Los Globetrotters se despidieron entre firmas en camisetas sudadas, fotos para el recuerdo familiar y la promesa de encender el Polifórum Zamná en su función estelar. Pero para esos cincuenta niños, la magia ya había ocurrido ahí mismo: en su propia duela, donde aprendieron que el básquetbol no solo se juega para ganar puntos, sino para arrancarle una sonrisa al mundo.




