¿Cuántos contagiados y muertos llevamos en la pandemia? Los que usted diga señor



Al plantearse esta pregunta, Rafael Soto, activista laboral, fundador de la Unión Nacional de Trabajadores por la Salud y enfermero del IMSS, se mete a los entre telones del siempre eterno contubernio entre el gobierno en turno y los sindicatos en el sector salud.
Esta es una participación especial de Rafael Soto para nuestro Portal de Información y Análisis peninsularmx.com
Antes que nada dejemos claro qué es un sindicato. De acuerdo al diccionario de la Real Lengua Española es: “la asociación de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses”, así de sencillo.
Los sindicatos de trabajadores de salud en México arrastran una larga historia de conflictos de interés que durante la pandemia, han venido pagando con el contagio y muerte de muchos de sus agremiados.
Si bien es cierto que durante la fase de post guerra y hasta los ochentas, obtuvieron una gran serie de conquistas culminadas en sendos contratos colectivos de trabajo, que mejoraron la calidad de vida de generaciones de trabajadores, también es verdad que desde la década de los 90, iniciaron una franca decadencia que aunada al corporativismo que les vio nacer, ligándolos indisolublemente al partido en el poder (poco importarían sus colores), mutó hacia un descarado charrismo. Ligado al mantenimiento del poder de sus envejecidas cúpulas, que a los intereses y demandas genuinas de los trabajadores.
Particularmente las nuevas generaciones, quienes gradualmente fueron relegados al rincón del olvido. Convirtiéndose así en letra muerta y moneda de cambio, gran parte de estatutos y contratos, que ya solo servirían de consigna para legitimar y justificar la existencia de estas estructuras parasitarias.
Ni qué decir de su compromiso como organización clave para la redistribución de la riqueza, año con año durante décadas, los sindicatos fueron cada vez más permisivos y complacientes con el estrangulamiento financiero, las políticas privatizadoras, desabasto de medicamentos, material de consumo, capital humano e infraestructura, la entrega de los regímenes de jubilaciones y pensiones; piedra angular del futuro de sus agremiados.
Todas la anteriores circunstancias no serían explicables sin el contubernio o la colaboración entre patrones, y líderes sindicales. El silencio cómplice se convirtió en la regla. Los acuerdos a valores entendidos, la forma de pactar, el ocultamiento, de las cifras reales fue una política común. Donde las facturas eran emitidas a nombre de población y trabajadores, cada vez más golpeados, por una crisis sanitaria desbordante, que sentían en carne propia pero nunca aparecía en los informes presidenciales.
La manipulación política de los problemas sanitarios, anunciando programas de abasto de medicamento, creación de grandes hospitales que nunca serian inaugurados, atención a los sectores marginales y los seguros universales que ponían al alcance de “toda la población” la salud universal; fueron montajes sexenales que servían (de paso), para hacer jugosas ganancias en las licitaciones, la venta de plazas, el tráfico de influencias y el pago de favores.
Todo lo anterior al amparo de la mismas cúpulas sindicales que hoy forman los comités ejecutivos.
Los vientos de cambio abrieron un horizonte de esperanza, en torno al ansiado fin de la corrupción en las instituciones de salud y los sindicatos. El arribo de MORENA, a las promesas de la reforma laboral, hacían pensar que la represión, el saqueo de las cuotas, las licitaciones entre compadres, muchas otras de esas viejas prácticas corporativas tenían sus días contados.
Pero no fue así. Los nuevos sindicatos nacieron para ser aplastatados por los viejos charros, los aires de democracia se difuminaron en declaraciones bien intencionadas. Trasmitidos mediante millones de spots que día y noche martillaban. Napoleón Gómez Urrutia, líder del Sindicato Minero; Luisa María Alcalde Lujan, Secretaria del Trabajo, y todos los paladines de esta ley que a la postre comprenderíamos, era solo papel mojado. Cuya única utilidad real fue: cumplir el requisito exigido por el nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá T-MEC., para fingir la tan cacareada democracia sindical.
¿Cuántos contagiados y muertos llevamos? Los que usted indique señor Presidente.
Mientras decenas de protestas espontaneas de trabajadores explotaban en los hospitales, exigiendo insumos, protocolos, cobertura de personal; la famosa frase de los representantes sindicales fue: “trabaja con lo que hay y cállate”.
Al tiempo que ellos mismos, acallaban las manifestaciones y amenazaban o sancionaban a los líderes que las organizaban. Tanto autoridades institucionales como sindicato optaron por la estrategia del ocultamiento, la simulación, la dadiva de ofrecer bonos COVID-19, licencias por decreto, medallas y por supuesto muchos aplausos y minutos de silencio. En honor a los caídos, así calmaron las aguas, los “estímulos” al igual que las licencias fueron otorgados como siempre a los más cercanos, a los que aplauden y apoyan, a las novias esposas, hijos y amantes del circulo de allegados.
El resultado de dicha estrategia fallida no podía ocultarse eternamente, a inicios de septiembre. Amnistía Internacional lo hizo público: México ocupaba el primer lugar en muertos a nivel mundial. Días después The Guardian, y la prestigiosa revista “The Lancet” retomaban estos números y retomaban en entrevista a voceros de la Unión Nacional de trabajadores de la Salud, UNTS. Organización que desde mayo había venido alertando sobre el contagio, crisis y muerte que se estaba gestando.
El 30 de junio, Zoe Robledo, titular del IMSS, dijo respecto a una de las primeras protestas de la UNTS, que se trataba de “un grupo específico de trabajadores que se había estado agrupando y organizando”. Pero qué no estaban relacionados con el trabajo hecho con el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS), titular del contrato colectivo de trabajo.
El Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el 11 de agosto afirmó que hay equipos de protección suficientes para los trabajadores y que no tenía información de que hubiera protestas por falta de equipo.
¿Desconocerían realmente que hay protestas de trabajadores de salud en todo el país? o más bien prefirieron voltear la vista hacia otro lado, para poder afirmar que la fallida estrategia, había sido un “éxito”.
Y mientras el sindicato “con su autonomía” hacia el trabajo incomodo; acallando las voces, reprimiendo las protestas, y sancionando trabajadores para quedar bien con el Gobierno de la 4T, las protestas por desabasto de insumos, y la injusta distribución del prometido bono, siguen siendo noticia un día sí y el otro también.
A pesar del esmero que pone el sindicato en reprimirlas y el IMSS en desmentirlas. Y otro caso son los trabajadores de la salud despedidos y sancionados por exigir insumos o protestar por la falta de ellos.

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