Mérida, Yucatán.— El aire denso del sur de Mérida no solo trae consigo el calor sofocante del mediodía; hoy en la Comisaría de Molas huele a tensión, a tierra removida y a la firme convicción de un pueblo que se niega a ser ahogado por el hedor y la contaminación.
En la comisaría de Molas, la tranquilidad habitual saltó por los aires. Decenas de familias, armadas únicamente con la fuerza de su organización y cartulinas multicolores, se han declarado en rebelión ciudadana para frenar la instalación de una mega granja porcícola en sus tierras.
La sombra de la firma San Gerardo —empresa estrechamente vinculada al polémico y recientemente clausurado proyecto en Santa María Chí— sobrevuela de nuevo la zona maya, y la comunidad ha decidido que no habrá un centímetro de espacio para la impunidad ambiental.
La chispa y el freno
El punto crítico de la jornada se vivió en el acceso principal a la comisaría. A lo lejos, el rugido de un motor pesado y el chillido sofocado de cientos de cerdos alertaron a los vecinos.
Se trataba de un camión de granaje cargado hasta el tope de porcinos, escoltado por patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) que pretendían abrirle paso a como diera lugar hacia las instalaciones proyectadas.
Sin embargo, el aparato policial no intimidó a la comunidad. Mujeres, ancianos y jóvenes formaron una valla humana impasable.
“¡El agua no se vende, el agua se defiende!” y “¡No a las granjas de la muerte!”, se leía en pancartas improvisadas con marcadores negros sobre cartulinas fluorescentes.
La masa ciudadana se plantó frente a la unidad pesada. Pese a la custodia policial y los momentos de empujones y cabezas calientes, la determinación local se impuso: el camión no tocó tierra en Molas. Desorientado y sin poder cumplir su cometido, el vehículo tuvo que dar marcha atrás, custodiado por las mismas patrullas que no pudieron doblegar la resistencia pacífica de la gente.
La amenaza bajo la tierra
Para los habitantes de Molas, el problema va mucho más allá de los olores insoportables que estas granjas suelen esparcir a kilómetros a la redonda. La verdadera batalla es por el agua.
Yucatán descansa sobre un suelo cárstico, altamente permeable, lo que convierte al manto freático en una red de venas subterráneas extremadamente vulnerable. Los pobladores saben bien lo que ocurrió en Santa María Chí y en otras comunidades del estado: las toneladas de excremento y orina de miles de cerdos terminan filtrándose al subsuelo, contaminando los pozos de los que dependen familias enteras y destruyendo el frágil ecosistema de los cenotes.
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El antecedente: El reciente cierre de la planta en Santa María Chí dejó en claro los estragos ambientales de la industria porcina sin regulación.
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La sospecha: Los pobladores afirman que la firma San Gerardo busca “mudar” u operar de manera encubierta sus operaciones hacia Molas para esquivar los sellos de clausura.
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El riesgo: La contaminación irreversible de la reserva de agua dulce más importante de la región sur del municipio.
Un pueblo en alerta permanente
Tras lograr que el camión diera media vuelta, el ambiente en Molas no es de celebración, sino de guardia en alto. Los vecinos han comenzado a organizarse en guardias comunitarias y turnos de vigilancia en los accesos a la comisaría para evitar que los camiones ingresen de madrugada o por caminos de terracería secundarios.
La rebelión de Molas apenas comienza. Con sus cartulinas aún en alto y la mirada puesta en el camino, los campesinos y familias del sur de Mérida han enviado un mensaje contundente tanto a los empresarios porcícolas como a las autoridades: el desarrollo no puede ser a costa del agua, la salud y la dignidad de su pueblo.




