POR: REGINA VÁZQUEZ GARGALLO
Brasil tiene memoria de hambre. La conocen quienes dejaron el campo para levantar ciudades que los empujaron a sus márgenes; quienes produjeron riqueza y cobraron apenas para sobrevivir. En sus mesas, la desigualdad tuvo una medida precisa: cuánto faltaba para comer mientras el país anunciaba que crecía.
De ese Brasil salió Luiz Inácio Lula da Silva. Décadas después de partir de Pernambuco con su madre y sus hermanos, buscando una vida que el lugar de nacimiento les negaba, el antiguo tornero mecánico conquistó este domingo 25 de octubre de 2026 su cuarto mandato presidencial.
Con 99,9% de las urnas contabilizadas, el dirigente del Partido de los Trabajadores obtuvo 51,77% de los votos válidos frente al 48,23% del senador Flávio Bolsonaro, según informó la justicia electoral paulista. La diferencia alcanzó para ganar la presidencia y dejó a la vista la profundidad de la división brasileña.
Tres semanas antes, el desenlace parecía inclinarse hacia su adversario. En la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, Flávio había conseguido 47,03%, contra 45,16% de Lula. El presidente remontó una desventaja de 1,87 puntos porcentuales. La aritmética que parecía anunciar su despedida terminó contando otro regreso.
El apellido del derrotado daba a la contienda un peso adicional. Flávio representa la continuidad política de Jair Bolsonaro, a quien Lula venció en 2022. Cuatro años después de derrotar al padre, Lula venció al hijo. Pero el bolsonarismo conserva un respaldo que ocupará escaños, organizará oposición y disputará las decisiones del próximo gobierno.
El martes 27 de octubre, Lula cumplirá 81 años. Su biografía permite recorrer buena parte de la historia social brasileña: la pobreza rural, la migración hacia los centros industriales, el trabajo fabril y la organización obrera bajo la dictadura.
Nació en 1945, séptimo de ocho hijos de agricultores analfabetos. Su padre se marchó antes de que naciera. Más tarde, su madre emprendió con los hijos el viaje hacia São Paulo.
La migración tenía el tamaño de una promesa: encontrar trabajo, encontrar comida, encontrar techo.
El niño lustró zapatos. Dejó la escuela a los 14 años y aprendió el oficio de tornero mecánico. Antes de que su nombre apareciera en las boletas, su vida transcurría entre trabajadores para quienes el salario decidía cuánto podía durar la comida.
En los sindicatos metalúrgicos encontró una voz pública. Bajo la dictadura militar comenzó a construir la fuerza política que años después lo llevaría a la presidencia. Participó en la fundación del Partido de los Trabajadores y perdió tres elecciones antes de ganar la de 2002.
En enero de 2003, un antiguo obrero llegó al gobierno brasileño.
Durante sus primeros dos mandatos, la ampliación de las políticas sociales y una economía favorecida por los altos precios de las materias primas permitieron que millones de brasileños dejaran atrás la pobreza. El hambre retrocedió. El acceso al consumo y a la educación ensanchó las expectativas de familias acostumbradas a heredar privaciones.
Hubo hogares que pudieron comprar más comida, enviar a sus hijos a estudiar, hacer planes. La palabra futuro empezó a nombrar cosas cercanas.
Ese legado explica una parte de su resistencia electoral. Entre sus bases populares, Lula está ligado a cambios concretos en la vida cotidiana. Pero el poder también acumuló expedientes: los escándalos de corrupción atravesaron los gobiernos del PT, erosionaron su autoridad y alimentaron el rechazo hacia el partido.
La historia conserva los avances sociales y las cuentas pendientes.
Su propia trayectoria pasó por la cárcel. Permaneció preso durante 19 meses, entre 2018 y 2019, por una condena vinculada con Lava Jato. Posteriormente, sus condenas fueron anuladas por problemas de competencia judicial y se reconoció la parcialidad del juez Sergio Moro en uno de los procesos. Esas decisiones desmontaron el fundamento jurídico de su encarcelamiento; las controversias políticas de aquellos años siguieron abiertas.
En 2022 volvió a ganar la presidencia mediante una alianza que reunió a la izquierda con sectores de centroderecha frente a Jair Bolsonaro. Ahora obtiene otra victoria, sostenida por su arraigo popular y por una campaña que volvió a colocar los ingresos, las ayudas sociales y el tiempo de trabajo en el centro de la discusión.
La magnitud del regreso convive con las dificultades del gobierno que viene.
Casi la mitad de los votos válidos fue para Flávio Bolsonaro. Ese respaldo seguirá teniendo representantes, intereses y capacidad de presión. Lula encontrará una derecha fuerte en el Congreso, restricciones presupuestales y endeudamiento. Cada compromiso social deberá abrirse paso entre negociaciones legislativas y decisiones sobre cómo financiarlo.
La legitimidad obtenida en las urnas tendrá que convertirse en acuerdos, presupuestos y políticas públicas. Conservará entre las clases populares un vínculo construido durante décadas ya que esa confianza sostiene, pero también exige.
La edad añade otra exigencia. Lula atravesó un cáncer de laringe y, según la información difundida sobre su salud, fue intervenido por un cáncer de piel este año. Gobernar un territorio continental supone una prueba física, además de política, para quien ha anunciado su última batalla electoral.





