Por Ek Xib Yaotecátl
CULIACÁN, Sinaloa.— El aire en el tercer piso del Palacio de Gobierno no solo era pesado por el calor húmedo del valle; estaba cargado de esa estática eléctrica que precede a las tormentas definitivas.
Rubén Rocha Moya, el hombre que alguna vez caminó con la suficiencia del académico convertido en caudillo, cruzaba el Salón de Gobernadores con un paso que ya no buscaba el estrado, sino la salida.
La escena fue un retrato del aislamiento.
No hubo la algarabía de los tiempos de campaña, ni el cobijo de las huestes leales que solían llenar los pasillos. En su lugar, el silencio era solo interrumpido por el murmullo de los asesores que, con la mirada clavada en el piso, evitaban el contacto visual.
Rocha Moya, con el rostro surcado por una palidez que el maquillaje de la política no lograba ocultar, se disponía a firmar el documento que lo despojaba de su última armadura: el fuero constitucional.
La solicitud de licencia no fue un acto de voluntad, sino de asfixia.
Los señalamientos provenientes del Departamento de Justicia de los Estados Unidos habían dejado de ser ecos lejanos para convertirse en una presencia física en la habitación.
Las acusaciones de presuntos vínculos con la facción de “Los Chapitos” habían transformado su oficina en una celda de cristal.
Afuera, la ciudad de Culiacán observaba con una calma tensa.
La narrativa del “Gobernador del Bienestar” se desmoronaba frente a la cruda realidad de los expedientes que cruzaban la frontera.
Al entregar el cargo, Rocha no solo soltaba el mando administrativo de Sinaloa; entregaba la llave que mantenía cerrada la puerta de una posible extradición o de un juicio ante tribunales internacionales.
El ambiente en el recinto legislativo, donde la solicitud sería ratificada, recordaba a los naufragios.
Aquellos aliados que meses atrás se disputaban una foto a su lado, hoy practicaban el arte de la distancia. El vacío de poder se sentía como una corriente de aire frío en pleno mayo sinaloense.
Rocha Moya, el intelectual que prometió transformar la política estatal, se veía reducido a la figura de un hombre que intenta sostener un paraguas en medio de un huracán.
Sin el blindaje legal que otorga el servicio público, su figura se encogió.
Ya no era el Gran Elector, sino un ciudadano más, vulnerable ante el peso de una justicia que, a diferencia de la local, no conoce de compadrazgos ni de tiempos electorales.
Al final de la jornada, tras la lectura del documento que formalizaba su separación del cargo, el ahora gobernador con licencia abandonó el recinto por una puerta lateral.
No hubo aplausos.
El eco de sus propios pasos sobre el mármol fue el único testimonio de su partida.
Queda atrás un estado en vilo y, frente a él, un horizonte de tribunales y sombras.
Rubén Rocha Moya ha quedado a la deriva, en ese territorio inhóspito donde el poder se evapora y solo queda la responsabilidad desnuda frente a la ley.
La historia de Sinaloa suma hoy un nuevo capítulo, uno donde la corona cae y el fuero, ese viejo aliado, le da finalmente la espalda.




