POR RODOLFO EL NEGRO MONTES
Cancún, Quintana Roo.- El calor húmedo de Cancún no era el único elemento que elevaba la temperatura política este sábado.
En el marco de su gira nacional de rendición de cuentas denominada “Honestidad y Resultados”, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, aterrizó en tierras quintanarroenses para encabezar su segundo informe de gobierno regional.
Todo era sonrisas para la mandataria de esta entidad peninsular, Mara Lezama, quien en todo momento se sentía dueña del evento, empoderada ella.
Sin embargo, el templete instalado en el Malecón Tajamar se convirtió pronto en el escenario de un mensaje político de alta tensión que dejó al descubierto las fricciones internas de la autodenominada Cuarta Transformación.
Apenas unos días después de que la gobernadora Mara Lezama entregara su propio informe de labores, marcado en semanas recientes por el desgaste mediático derivado de los cuestionamientos públicos sobre sus recurrentes traslados en aeronaves privadas a destinos internacionales, los mismos que en su momento en las mañaneras del presidente Andrés Manuel López Obrador expuso quien escribe estas líneas.
Ante miles de simpatizantes y con la mandataria estatal sentada a escasos metros, Sheinbaum Pardo invocó los postulados históricos de la nación para lanzar una advertencia sin ambages.
Citando los Sentimientos de la Nación de José María Morelos y Pavón a través de la pluma de Andrés Quintana Roo, la titular del Ejecutivo federal recetó una dosis de doctrina obradorista: “Hay que moderar la indigencia y la opulencia”.
Las palabras retumbaron en la plaza pública como un recordatorio de los códigos fundacionales del movimiento. Y Mara tragó saliva.
En un régimen que ha hecho de la austeridad republicana su dogma central, la mención directa a la “opulencia” funcionó como una clásica cachetada con guante blanco. Como un jalón de orejas.
El contraste no pasó inadvertido para la clase política local ni para los observadores: mientras Lezama intentaba cerrar filas con un discurso de respaldo férreo y elogios hacia la presidenta, la respuesta desde la tarima presidencial priorizó el rigor ético por encima de la complacencia partidista.
El mensaje de Sheinbaum operó como un oportuno golpe de timón.
Obligó a los aliados del régimen a sintonizarse con el mandato de congruencia, justo cuando el escrutinio público sobre el uso de recursos y privilegios de altos funcionarios amenaza con fracturar el discurso de cercanía con las bases populares.
En Cancún, bajo el sol del Caribe, quedó claro que la lealtad política en esta etapa del sexenio ya no se mide solo en aplausos institucionales, sino en la disposición acérrima a someterse al escrutinio de la austeridad.




