POR EK XIB YAOTECÁTL
Playa del Carmen, Quintana Roo.
En el abismo diáfano del cenote Yaakun, la luz del sol de Quintana Roo pierde su batalla contra la profundidad, disolviéndose en una penumbra azulada y densa.
Allí abajo, sumergidos en un silencio absoluto que ha durado centurias, descansan los restos óseos de una mujer del pasado. Fieles a la voz maya que bautiza este cuerpo de agua —cuya traducción al español no es otra que “amar”—, los custodios locales y guardianes de la tierra han decidido llamarla Yatzil: la persona amada. Ella no está sola; comparte el lecho subacuático con vestigios que narran la vida cotidiana y los ritos de una civilización que vio en los cenotes los umbrales sagrados del inframundo.
El origen de este viaje al pasado comenzó de manera silenciosa en los últimos meses de 2025. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de su Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS), recibió una alerta fundamental.
Buzos técnicos que exploraban las profundidades de esta dolina abierta habían divisado formas extrañas, geometrías ajenas a la roca caliza natural. Los custodios del lugar, asumiendo su rol histórico, formalizaron el reporte. Lo que parecía un rumor de las profundidades cobró de inmediato la urgencia de una certeza científica.
La respuesta institucional no se hizo esperar, fundamentada en la premisa de que la historia oculta bajo el agua es una herencia viva. Al respecto, la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, destacó el impacto comunitario del hallazgo: “Cada hallazgo arqueológico que logramos proteger gracias a la colaboración de las comunidades fortalece nuestro conocimiento sobre las culturas que habitaron este territorio y reafirma que el patrimonio es una responsabilidad compartida”.
Cartografía del inframundo
Tras analizar meticulosamente los mapas de georreferenciación y los datos de la denuncia, el especialista Gustavo García García asumió el desafío del campo. Durante cinco extenuantes jornadas de inmersión de alta complejidad, el arqueólogo subacuático descendió a profundidades que oscilaron entre los 42 y los 53 metros.
Cruzar esa frontera exige traspasar una densa y fantasmal nube de ácido sulfhídrico; un velo tóxico que, una vez superado, revela el verdadero rostro de Yaakun: un abismo imponente con una caída en diagonal que supera los 80 metros de profundidad total.
El minucioso registro fotogramétrico de García García permitió delimitar dos concentraciones arqueológicas separadas por apenas 30 metros de distancia. En el flanco norte, a una hondura de entre 42 y 46 metros, se localizó el lecho de Yatzil, acompañado por los restos óseos de un animal.
Hacia el sur, el paisaje sumergido cambia de tono: a 46, 48 y 53 metros de profundidad, descubrió tres ollas globulares de probable uso doméstico. Una de ellas permanece milagrosamente intacta; las otras dos presentan las fracturas propias del tiempo.
“Varios elementos se encuentran en su posición original; sin embargo, algunos fragmentos del cráneo humano fueron removidos”, advierte García García con una mezcla de fascinación y alarma.
Esta alteración antrópica subraya la extrema fragilidad del contexto y justifica la urgencia del recién autorizado Proyecto de Investigación Cenote Yaakun. La meta primordial es rotunda: preservar los vestigios in situ, instalando cercos perimetrales y concientizando a los grupos de buceo para que mantengan una distancia prudente y eviten cualquier manipulación o vandalismo.
El retrato de una joven maya
Los secretos biológicos de la persona amada comenzaron a emerger gracias al análisis osteobiológico preliminar del antropólogo físico Salvador Isab Estrada.
Sin perturbar su descanso eterno, el examen detallado permitió identificar húmeros, radios, fémures, tibias, la pelvis y una porción crucial de la mandíbula izquierda que aún conserva tres molares.
La ausencia de un desgaste dental pronunciado y la pérdida premolar han permitido esbozar su primer retrato: Yatzil era una mujer joven, de una edad estimada entre los 18 y los 25 años al momento de morir.
¿Quién era ella y cuándo habitó estas tierras?
Los investigadores actúan con extrema cautela científica.
En esta primera temporada de campo no se retiraron muestras óseas; solo se extrajo un pequeño fragmento de cerámica para su estudio en laboratorio.
Por sus características observables, propias de la cultura maya de la Costa Oriental, es muy posible que los materiales pertenezcan al periodo Posclásico Tardío (1200-1521 d.C.).
Para conocer la filiación exacta de Yatzil y corroborar su datación temporal, habrá que esperar a la segunda temporada de investigación programada para 2027, cuyo objetivo será la extracción regulada de una muestra dental, la mejor fuente esquelética para obtener ADN bien preservado.
Mientras tanto, protegida por las condiciones estables del agua —su temperatura constante, la ausencia de luz directa y la profundidad—, Yatzil continuará habitando el abismo diáfano de Yaakun.
El sitio, que pronto quedará formalmente inscrito en el Atlas Arqueológico de Cuevas y Cenotes de la Península de Yucatán, se erige hoy como un recordatorio de que los mayores tesoros del pasado no se conquistan con la extracción, sino con el respeto, la ciencia y la custodia compartida de una comunidad que se niega a olvidar su historia.




