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Para Quintana Roo, lleva mano Rafael Marín Mollinedo



Por Rodolfo El Negro Montes

En el tablero de ajedrez de la autollamada Cuarta Transformación, pocas piezas son tan móviles y, a la vez, tan inamovibles como Rafael Marín Mollinedo.

El hombre que alguna vez fue conocido por su éxito en el sector de la distribución de alimentos en Quintana Roo, ha completado una metamorfosis política que hoy lo sitúa en el epicentro de la estrategia presidencial para el Sureste mexicano.

Su reciente salida de la Agencia Nacional de Aduanas de México (ANAM) y su inminente aterrizaje en Yucatán no son un retiro, sino un reagrupamiento táctico con la mira puesta en 2027.

 

De las Huertas a las Aduanas: El Círculo de Hierro

La historia de Marín Mollinedo es la de la lealtad a toda prueba. Primo de Nicolás Mollinedo (el célebre “Nico”, chofer de AMLO), Rafael no llegó al poder por una herencia familiar, sino por una amistad forjada en las bases del movimiento.

Durante años, mientras consolidaba su empresa de frutas y verduras en el Caribe, Marín fue el soporte logístico y financiero de la izquierda en una región dominada por el priismo más rancio.

Su paso por la dirección de Aduanas, bajo el mandato de Claudia Sheinbaum, fue interpretado por analistas como una “misión de limpieza”.

Tras la gestión del Almirante Rafael Ojeda Durán —marcada por la militarización pero también por persistentes señalamientos de corrupción y “huachicol fiscal” por parte de sus propios sobrinos—, Marín Mollinedo recibió el encargo de profesionalizar y, sobre todo, aumentar la recaudación.

Según fuentes de Palacio Nacional, su salida se pactó bajo el argumento de “misión cumplida” y “motivos personales”, aunque la realidad política dicta otra urgencia.

El Desembarco en Yucatán: ¿Gobernación o Bienestar?

La incertidumbre reina en las oficinas federales de la calle 60 en Mérida.

Se debate si Rafael Marín ocupará la delegación de la Secretaría de Gobernación (Segob) o la de la Secretaría del Bienestar.

  • Si es Gobernación: Fungirá como el gran operador político, el puente entre el Gobierno Federal y el gobernador Joaquín Díaz Mena, asegurando que los proyectos estratégicos no encuentren resistencia.

  • Si es Bienestar: Tendrá en sus manos la estructura territorial más poderosa del país: el padrón de beneficiarios. Y operará entre 12 mil millones y 15 mil millones de pesos.

Para la clase política yucateca, el arribo de un “peso pesado” de fuera es una señal de doble filo. Por un lado, garantiza recursos; por otro, desplaza a los liderazgos locales que aspiraban a esos espacios.

Su presencia en Mérida le permite “tomar aire puro”, alejándose del desgaste de la capital pero manteniéndose en el radar regional.

El Objetivo Real: Quintana Roo 2027

Aunque sus pies estén en Yucatán, su corazón y su ambición permanecen en el vecino Quintana Roo.

Marín Mollinedo es el fundador moral de Morena en ese estado, un mérito que siente que no ha sido recompensado con la gubernatura.

Su relación con la actual mandataria, Mara Lezama, es de una cortesía gélida.

En los pasillos políticos de Chetumal y Cancún se sabe que Marín nunca ha sido el favorito de Lezama, quien busca consolidar su propio grupo político y, eventualmente, influir en su sucesión. Pero desde Palacio Nacional le han dado un manotazo.

El activismo de Marín —que incluye la entrega de apoyos y eventos organizados por “redes de amigos” en territorio quintanarroense— ha sido visto como un desafío directo a la estructura estatal.

“Yo soy un personaje del partido allá en el estado y pues han utilizado mi nombre… son gente que conozco, son amigos”, declaró recientemente Marín, en un tono que muchos interpretan como el inicio formal de su precampaña.

 

La Red de Apoyo: El Tejido Silencioso

Mientras Mara Lezama se enfoca en la promoción turística y las grandes obras, Rafael Marín ha ido tejiendo una red de apoyo “por debajo del agua”.

Sus vínculos con el sector empresarial del norte del estado, sumados a su base en el sur y su cercanía histórica con las familias fundadoras de Morena, lo convierten en una amenaza real para cualquier delfín que la gobernadora intente impulsar.

El traslado a Yucatán es, en esencia, un exilio dorado. Le permite operar con discreción, fortalecer alianzas en la península y esperar el momento justo para cruzar la frontera estatal de vuelta a Quintana Roo, esta vez para reclamar lo que considera su derecho histórico: la silla de mármol en Chetumal. Y lleva mano.

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