Ek Xib Yaotecátl
Lo que comenzó como una mancha aceitosa el pasado domingo primero de marzo, se ha transformado en una catástrofe ambiental que recorre 170 kilómetros de costa. Desde Pajapan, Veracruz, hasta Paraíso, Tabasco, el “chapopote” —ese residuo denso del petróleo crudo— ha reclamado para sí dieciséis puntos clave, invadiendo playas, esteros y, lo más grave, el corazón de la Laguna del Ostión.
Una laguna bajo asedio
En la comunidad de Jicacal, el paisaje ha cambiado. Donde antes los pescadores lanzaban sus redes buscando el sustento, hoy pelean una batalla desigual.
Con sus propias herramientas de trabajo, intentan improvisar barreras para detener el avance del crudo hacia la Laguna del Ostión.
Es un esfuerzo desesperado: el petróleo ya alcanzó el punto de Paquital, frente a las comunidades indígenas de El Mangal y El Pescador.
La pérdida no es solo visual. La laguna es un cunero de vida donde el ostión, el camarón y el robalo conviven con el manglar y el cangrejo azul.
Hoy, el olor a hidrocarburo reemplaza la brisa marina, y las redes de pesca, ahora impregnadas de una viscosidad negra y tóxica, son testimonio del daño económico para las 14 mil personas que dependen de este ecosistema.
El rastro de la muerte
El impacto ambiental ya tiene rostros silenciosos:
-
En Los Arrecifes: Tortugas marinas han aparecido muertas, con sus caparazones cubiertos de petróleo.
-
En Coatzacoalcos: Se reportó el hallazgo de un manatí sin vida.
-
En alta mar: La incertidumbre pesa sobre los 17 arrecifes del Corredor Arrecifal del Suroeste, una muralla natural contra huracanes que hoy podría estar asfixiándose bajo el agua.
Entre el deslinde y el satélite
Mientras las comunidades indígenas y pesqueras se ensucian las manos limpiando el desastre, las respuestas oficiales son esquivas.
Petróleos Mexicanos (Pemex) emitió un comunicado el 2 de marzo deslindándose de cualquier fuga en sus instalaciones del sur de Veracruz.
Sin embargo, la tecnología cuenta otra historia. Investigadores han detectado, mediante imágenes satelitales, una mancha de petróleo de 37 kilómetros de largo frente a las costas de Campeche, detectada desde el 20 de febrero.
La trayectoria de esta mancha coincide con la infraestructura petrolera de la zona y apunta directamente hacia las playas hoy afectadas.
Para los habitantes de la Sierra de Santa Marta y las costas de Tabasco, esto no es un accidente aislado, sino una constante histórica.
Desde los años 50, el Golfo de México ha sido tratado como un “sitio de sacrificio” para la industria fósil.
Más de 60 organizaciones, entre ellas la Red Corredor Arrecifal y Greenpeace México, han levantado la voz. No solo piden limpieza; exigen justicia. Sus demandas son claras:
-
Atención inmediata a la fauna y recolección técnica del chapopote.
-
Estudios independientes para determinar el origen real del vertido.
-
Transición energética para dejar de depender de un modelo que, cada cierto tiempo, les arrebata el mar.
Hoy, la costa del sureste mexicano espera una respuesta que no llegue del mar en forma de manchas negras, sino de las autoridades en forma de soluciones definitivas. Mientras tanto, el pescador sigue ahí, en La Bocana, intentando salvar con una red rota lo que queda de su futuro.




