Por Rodolfo “El Negro” Montes
En el salón de plenos de la Cámara de Diputados, el aire pesaba. No era el calor de la primavera que asoma, sino el vaho espeso de la sospecha.
La Reforma Electoral de la Presidenta Claudia Sheinbaum, esa que pretendía podar el árbol de los dineros públicos y rasurar las pluris, acababa de ser enviada al basurero de la historia legislativa.
Pero el verdugo no fue la oposición “moralmente derrotada”; el tajo mortal lo dieron los de casa.
El Beso de Judas en el Recinto
Desde temprano, las caras en la bancada de Morena eran de funeral de tercera clase.
Los pasillos, ya lo susurraban: el PT y el Verde habían decidido que, antes que la “Transformación”, estaba la supervivencia.
¿Traición? No, en el lenguaje de los alquimistas del poder, eso se llama “instinto de conservación”.
“No podemos permitir que nos borren del mapa”, mascullaba un diputado del Tucán mientras se ajustaba la corbata de seda, esquivando la mirada de los morenistas que, hasta ayer, le llamaban “hermano”.
Al momento de la votación, el tablero electrónico fue un campo de batalla de luces rojas. 259 a favor, 234 en contra.
Los números no mienten, pero duelen: faltaron 75 votos para la gloria constitucional.
La alianza que presumía ser un bloque de granito se desmoronó como un polvorón.
¿Morena se Apaga o Solo se Chamusca?
La ruptura no fue silenciosa.
El PT, con esa retórica de barricada que ya suena a disco rayado, defendía su “autonomía”.
El Verde, pragmático hasta la médula, simplemente no iba a votar por una reforma que les quitaba las llaves de la caja fuerte.
¿Es el principio del fin?
Morena no se apaga, pero su llama hoy parece una vela en medio de un ventarrón.
La soberbia de creer que los aliados son empleados domésticos les pasó factura.
Los “satélites” decidieron que ya no quieren orbitar gratis; ahora quieren el control de la nave o, de plano, su propia galaxia.
Lo más triste, lo que de verdad caló en el ánimo de la crónica parlamentaria, fue el final.
Para intentar tapar el boquete de la derrota, los morenistas —los fieles, los que no se bajan del barco aunque haga agua, como el líder de su bancada, Ricardo Monreal— lanzaron una consigna que sonó a eco en cueva vacía:
“¡Es un honor estar con Claudia hoy!”
El grito fue lánguido. No tenía la rabia de los tiempos de López Obrador, ni la mística de las plazas llenas.
Era un grito, una ráfaga de viento que se estrellaba contra las curules vacías del PT y del Verde, que para ese momento ya corrían a los restaurantes de Polanco a celebrar que el INE —y sus prerrogativas— seguían vivos.
Morena: Se queda con un “Plan B” bajo el brazo, pero con el orgullo herido.
PT y Verde se quitaron máscaras, demostraron que su lealtad tiene precio y fecha de caducidad.
La oposición, de mirones de palo, terminó siendo la beneficiaria de un pleito de vecindad oficialista.
La sesión se levantó.
Las luces de San Lázaro se apagaron, pero en el ambiente quedó flotando una pregunta que ni el más colmilludo de los analistas políticos puede responder aún:
¿Llegará esta alianza viva al 2027?
0 ¿acabamos de ver el último brindis?




