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Cayó Maduro, sigue Petro, Cuba…



Por Rodolfo Montes

El cielo de Caracas no avisó. Eran las primeras horas del tercer día de 2026, cuando la orden del Presidente 47 de Estados Unidos, Donald Trump, cortó el aire estancado de la capital venezolana: “Ejecuten. Buena suerte”. Y lo que siguió no fue una batalla, fue una cirugía de acero.

Durante meses, el mundo creyó en la parálisis de la diplomacia. Pero mientras los despachos de Washington guardaban un silencio sepulcral para evitar las filtraciones del Congreso, los motores de 150 aeronaves ya calentaban en pistas desconocidas. Se estudió cada plato que Maduro comía, cada paso de su rutina, esperando una ventana de buen clima que se negó durante días. Hasta hoy.

La maquinaria de guerra de Estados Unidos, estaba perfectamente aceitada desde dentro. El contraste era brutal: el piloto más joven, un muchacho de 20 años con la mirada de un veterano, volaba ala con ala junto a un coronel de 49. Una formación de F-35 y 32 bombarderos rasgaron el horizonte, desmantelando las fuerzas aéreas locales antes de que el primer radar pudiera dar la alarma.

El objetivo: el complejo residencial 1.01. El hombre que jugaba al narcoterrorismo y al fuego pensó que las puertas de acero de su búnker serían eternas. No contó con que el fuego que él mismo encendió vendría en forma de sopletes térmicos y una precisión quirúrgica.

A mil pies de altura, la extracción comenzó. La “burbuja” de protección se extendía desde el cielo hasta el agua, donde los buques de guerra aguardaban. Al cruzar el último punto de incursión, el silencio se rompió. Los helicópteros descendieron sobre el complejo como halcones.

Maduro, el hombre que despreció ofertas generosas en 2020, el que prefirió el robo de petróleo al diálogo, no tuvo tiempo de alcanzar su refugio. La sorpresa fue el arma más letal. Hubo fuego de autodefensa; los helicópteros fueron blanco de disparos, pero la respuesta fue aplastante. En cuestión de minutos, el criminal imputado estaba encapsulado.

Mientras el complejo quedaba atrás, la voz del Presidente 47 resonaba como un eco sobre el operativo: “No ando de buscapleitos, pero no juego. Actúo”. No se perdió ni una sola vida de las fuerzas amigas. Una victoria de logística y nervios de acero.

A bordo del buque de guerra donde ahora viaja el detenido hacia el Departamento de Justicia, el aire es distinto. Ya no se habla de guerra, se habla de reconstrucción. El mensaje para el mundo es claro, especialmente para los intereses de Rusia y China: ahora tendrán que hablar directamente con Washington.

Venezuela es hoy un esqueleto de infraestructura petrolera, con ductos maltratados y deudas asfixiantes. Pero en la cubierta del buque, la promesa es otra: justicia y la riqueza que les fue robada.

¿Y María Corina? El mensaje que llega desde el mando es frío: no tiene el apoyo para dirigir esta reconstrucción. Venezuela será administrada por un grupo capaz de levantar los escombros.

Mirando hacia el horizonte, hacia la costa de Cuba —esa otra nación fallida que ahora “pone sus barbas a remojar”—, uno entiende que esta no es solo la captura de un hombre. Es el fin de una era de impunidad. Maduro prefirió jugar con fuego; hoy, finalmente, se ha quemado.

Y Trump es tajante: Sigue Petro, el presidente de Colombia que, a decir del mandatario estadounidense, solapa fabricas que producen toda la cocaína del mundo para internarla a suelo norteamericano.

Por eso la caía de Maduro, debe ser interpretada como un claro ejemplo de que Trump no se anda con rodeos para combatir a los cárteles de las drogas que han sido clasificados como narcoterrorismo, en donde figuran los cárteles mexicanos. Por eso es un mensaje hacia territorio mexicano, guste o no.

Y si hay que poner las “bárbas a remojar”, se pensaría en el Triángulo Dorado, Frontera Noreste y Selva Lacandona. Objetivo: Extracción de objetivos de alto valor y desmantelamiento de infraestructura de precursores químicos.

La operación no comenzaría con disparos, sino con silencio. En Tamaulipas, aviones de guerra electrónica EA-18G Growler sobrevolarían el Golfo, “apagando” las comunicaciones de radio y celulares en ciudades como Matamoros y Nuevo Laredo.

Unidades de Navy SEALS realizarían incursiones anfibias para asegurar los puentes internacionales, evitando que los “monstruos” (blindados artesanales) bloqueen las vías de suministro.

En Sinaloa (Culiacán y la sierra) y Jalisco (Zapopan), el desafío es el terreno y la densidad urbana. Razón por a cual se implementaría una táctica de enjambre, consistente en el uso masivo de drones Switchblade y Reaper para identificar caravanas armadas antes de que salgan de sus escondites.

Helicópteros MH-60 Black Hawk modificados para ser silenciosos aterrizarían en complejos residenciales de lujo y ranchos en la sierra simultáneamente. El objetivo no es ocupar las ciudades, sino “decapitar” la estructura de mando en menos de 15 minutos, antes de que la base social de los cárteles pueda reaccionar con bloqueos.

En Chiapas, el escenario es de selva y rutas de tráfico humano y cocaína, por lo que no se descartaría el despliegue de globos aerostáticos con sensores térmicos (aerostatos) para vigilar las brechas selváticas, así como el uso de unidades tipo Rangers para realizar saltos en zonas estratégicas de la Selva Lacandona, cortando las rutas de suministro que suben desde Centroamérica.

Bajo este esquema, y ateniéndonos a lo ejecutado en Venezuela, Trump no buscaría una guerra de desgaste contra los miles de soldados de a pie de los cárteles. El escenario se basaría en la extracción: entrar, capturar a los líderes y destruir los laboratorios de fentanilo en una sola noche de “choque y pavor” (Shock and Awe), entregando después el control perimetral a fuerzas locales o manteniendo un asedio tecnológico desde el aire.

 

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