Por Rodolfo El Negro Montes
En la política mexicana, donde el fondo suele ser forma y la geografía legislativa una declaración de guerra o de confianza, la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo de enviar su reforma electoral a la Cámara de Diputados, saltándose el turno natural del Senado, no es una anécdota de trámite.
Es, ante todo, un mensaje de realismo político y una apuesta por el colmillo largo de la vieja guardia.
Al elegir San Lázaro como puerto de llegada, la Presidenta ha dejado en claro que su confianza para destrabar nudos gordianos no reside en la retórica del senador Ignacio Mier, sino en los oficios, siempre sinuosos pero eficaces, de Ricardo Monreal.
No es que Mier carezca de lealtad, sino que Monreal posee ese “instinto de sobrevivencia” que le permite hablar con el diablo sin quemarse las manos, una cualidad indispensable cuando la aritmética legislativa se vuelve terca.
El Desencuentro: Los Aliados en la Encrucijada
La reforma, bautizada bajo el “Decálogo por la Democracia”, ha provocado un sismo en la propia casa.
Morena se enfrenta a un fenómeno inusitado: la rebelión de sus satélites. El Partido Verde (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT) han visto en el texto no una mejora democrática, sino un acta de defunción para sus privilegios financieros y estructurales.
- El Financiamiento: La propuesta de reducir en un 25% el gasto electoral y el financiamiento a partidos toca el nervio más sensible de sus aliados. Para el PVEM y el PT, menos dinero no es austeridad, es asfixia.
- La Supervivencia: El PT, a través de voces como la de Alberto Anaya, ha llegado a calificar la propuesta como una “ocurrencia” para mantener un partido hegemónico.
- El temor es real: una reforma que elimine las listas plurinominales nacionales (como se propone para el Senado, dejando solo 32 de primera minoría) y reduzca a 400 los diputados, pone en riesgo la existencia de las minorías que no ganan distritos por mayoría relativa.
La Oposición: Entre el “No” y el Matiz
En la acera de enfrente, el panorama es de rechazo frontal, aunque con distintos énfasis:
- PAN y PRI: Para Ricardo Anaya y Manuel Añorve, la reforma es una “Ley Maduro”.
- Acusan que, al proponer la elección de consejeros y magistrados por voto popular (remanente del Plan A de López Obrador) y debilitar al INE y a los OPLEs, se busca desmantelar la certeza electoral.
- Su principal reclamo es la omisión del “narco-Estado”: exigen castigos severos para la infiltración del crimen organizado, tema que la reforma apenas roza.
- Movimiento Ciudadano: El partido naranja, encabezado por Ivonne Ortega en San Lázaro y Clemente Castañeda en el Senado, juega su propia partida. Aunque rechazan el debilitamiento institucional, intentan “ciudadanizar” el debate proponiendo el voto obligatorio y el sufragio desde los 16 años. Sin embargo, el PRI ya los acusa de ser la “comparsa” que espera el momento justo para negociar.
¿Debilidad o Fortaleza para la Presidenta?
La Presidenta se encuentra en un punto de equilibrio precario.
- Se debilita ante sus propios aliados, quienes ahora saben que su voto tiene un precio alto y que la unidad granítica de la “4T” tiene fisuras de presupuesto.
- Si la reforma no pasa, sería su primer gran revés legislativo, evidenciando que el mando sobre el Congreso no es absoluto.
- Se fortalece ante su base social al sostener las banderas de la austeridad y el combate al nepotismo y la reelección. Al enviar la iniciativa tal cual, sin podar los puntos polémicos para agradar al Verde, Sheinbaum proyecta una imagen de firmeza ideológica: prefiere que la reforma “quede escrita” para la posteridad a transigir en lo que ella considera principios.
Ricardo Monreal tiene ahora la encomienda de operar el milagro. La moneda está en el aire, y el aroma a ruptura —o a una negociación de última hora en los sótanos de San Lázaro— llena los pasillos del Palacio Legislativo.




