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San Lázaro, la Baticueva Parlamentaria de Harfuch

POR RODOLFO, EL NEGRO MONTES

El murmullo de los pasillos de San Lázaro cesó de golpe cuando los reflectores y las cámaras apuntaron a la misma coordenada.

No hacía falta proyectar la Batiseñal sobre el domo de cristal del recinto legislativo: bastaba con ver el despliegue protocolario para advertir que el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, había aterrizado nuevamente en lo que la crónica política ya bautizó como su Baticueva parlamentaria.

A su lado, como el estratega veterano que conoce cada rincón del palacio legislativo, marchaba el diputado Ricardo Monreal Ávila. La mancuerna entre el presidente de la Junta de Coordinación Política (Jucopo) y el responsable de la seguridad nacional se ha vuelto una estampa recurrente y afinada en San Lázaro.

Monreal allana el terreno político, ofrece cobijo institucional y cuida las formas de un poder que suele ser ríspido, mientras Harfuch aporta el porte técnico y la disciplina de quien lidia con las tempestades del país.

Entre la sobriedad republicana y el furor de pasillo

La cita formal tenía un objetivo de peso: el desahogo del análisis del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ante los coordinadores de todas las fracciones parlamentarias.

Flanqueado también por el presidente de la Mesa Directiva, Raúl Bolaños-Cacho Cué, el funcionario se sentó a la mesa de una reunión que Monreal calificaría más tarde como “un ejercicio plural, democrático, indispensable de la rendición de cuentas”.

Frente a él no había improvisados. La mesa de la Jucopo congregaba a los pesos pesados de la oposición y el oficialismo:

  • José Elías Lixa Abimerhi (PAN)

  • Rubén Ignacio Moreira Valdez (PRI)

  • Carlos Alberto Puente Salas (PVEM)

  • Reginaldo Sandoval Flores (PT)

  • Ivonne Aracelly Ortega Pacheco (MC)

  • Además de vicecoordinadoras y vicecoordinadores que no perdían detalle de cada informe y respuesta.

Pese a los temas espinosos de la agenda nacional, la reunión transcurrió en un inusual clima de colaboración, cortesía republicana y diplomacia parlamentaria. Adentro imperaba la sobriedad; afuera, sin embargo, la atmósfera era muy distinta.

“Amorcito corazón” en la sala de prensa

En los corrillos de San Lázaro el magnetismo del secretario desbordaba el protocolo. La etiqueta del “Batman mexicano” —con la que durante años se le asoció tras sobrevivir a atentados y dirigir operativos de alto impacto— comenzó a quedarse corta frente a la nueva narrativa que le endilgó el senador Manuel Velasco Coello: el Pedro Infante de la política mexicana.

El eco de esa comparación no tardó en cobrar vida propia. Al concluir el cónclave y salir al paso de los micrófonos, entre la marea de grabadoras, cámaras que buscaban el encuadre perfecto y empellones de reporteros que pedían declaraciones, la solemnidad se quebró con un destello de picardía mexicana.

—¡Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso…! —entonó un reportero a todo pulmón en pleno chacaleo, recordando el legendario silbido y la serenata del ídolo de Guamúchil.

Las risas contenidas y las miradas cómplices rompieron por un segundo la coraza impenetrable del funcionario, quien apenas esbozó una sonrisa discreta antes de retomar el paso firme. En la Baticueva de San Lázaro, entre números de incidencia delictiva, acuerdos multipartidistas y la batuta política de Ricardo Monreal, la jornada cerró con una postal irrepetible: el superhéroe de traje oscuro convertido, entre estrofas de bolero, en el galán ranchero de la política nacional.

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