Por Ek Xib Yaotecátl
El investigador Adam T. Sellen ha desentrañado, con una precisión quirúrgica, uno de los capítulos más oscuros del patrimonio cultural mexicano: el discreto y sistemático saqueo del antiguo Museo Nacional de México.
En el centro de esta trama de ambición y sombras aparece un personaje inesperado: Porfirio Aguirre Dircio.
Este respetado arqueólogo, políglota y profesor convirtió su acceso privilegiado en una llave para el expolio.
Durante más de dos décadas, entre 1910 y 1934, Aguirre ejecutó un paciente “robo hormiga”.
Desvalijó las vitrinas oficiales burlando la seguridad de una institución en constante transformación.
La punta del iceberg de este desfalco histórico emergió a miles de kilómetros, en la Universidad de Harvard.
Allí, el investigador Adam logró rastrear una singular y valiosa máscara ritual de piedra verde serpentina.
La pieza, que ostenta rasgos felinos y un profundo misticismo olmecoide, ingresó al Museo Peabody en 1937.
Su aparición abrió una compleja investigación sobre su turbio origen y su viaje clandestino.
Con sagacidad implacable, Adam reconstruyó la cadena de custodia de la máscara. Demostró que pertenecía originalmente a la célebre colección de Fernando Sologuren, comprada por el Estado en 1907.
El rastro documental reveló que una coleccionista inglesa llamada Elise MacDougall visitó el recinto en 1927. Fue en ese momento cuando se topó directamente con las redes de intermediación de Aguirre.
En las propias oficinas del museo, Aguirre ofreció la máscara y una cabeza con espiga a la extranjera. Aseguró falsamente que la institución carecía de fondos para retenerlas en sus colecciones.
La transacción ilegal continuó en una habitación del Hotel Imperial. Allí, conocidos peritos y diplomáticos examinaron las piezas, convirtiéndose en testigos mudos de un evidente delito patrimonial.
Poco después, la coleccionista británica sacó los invaluables artefactos de México de manera audaz. Los ocultó en una canasta de mano, evadiendo por completo las leyes de exportación vigentes.
Porfirio Aguirre no era un criminal común; nacido en Copanatoyac, Guerrero, poseía una mente brillante. Hablaba múltiples lenguas europeas e indígenas y era amigo cercano de Diego Rivera.
Formado por eruditos como Franz Boas y Eduard Seler, Aguirre ascendió con paso firme en el museo. Ganó la confianza de directores mientras ocultaba sus lucrativos negocios personales en el extranjero.
El investigador Adam expone que los manejos de Aguirre ya habían encendido alarmas en 1925. En ese año se detectó la alarmante falta de treinta y ocho valiosos objetos de oro y cobre.
En aquella ocasión, tras meses de tensiones judiciales, las piezas aparecieron en el escritorio de su jefe. Esto sugiere una red de complicidad o un rápido movimiento de Aguirre para eludir la ley.
La impunidad del astuto saqueador comenzó a resquebrajarse con la llegada de Alfonso Caso. El riguroso arqueólogo asumió el control de las colecciones y ordenó inventarios estrictos en el recinto.
Caso descubrió primero el extravío de valiosos manuscritos de la colección Boturini. Posteriormente denunció la desaparición de ochenta y cinco delicadas piezas de jade bajo el cuidado de Aguirre.
La caída definitiva de Aguirre ocurrió a finales de 1933, cuando fue confrontado directamente. Se descubrió que había robado y vendido un libro antiguo de la institución a una librería del centro.
Acorralado por las pruebas irrefutables presentadas por Alfonso Caso, Aguirre no tuvo escapatoria. El hábil profesor fue destituido y abandonó discretamente el Museo Nacional a principios de 1934.
Lejos de reformarse, Aguirre se alió en los años siguientes con comerciantes como Earl Stendahl. Participó activamente en el lucrativo tráfico de valiosos frescos extraídos ilegalmente de Teotihuacán.
Gracias a la meticulosa labor de Adam T. Sellen, el nombre de Porfirio Aguirre queda expuesto ante la historia. Su caso abre un debate ético indispensable sobre la urgente restitución de nuestro patrimonio.




