MÉRIDA, Yucatán. – El polvo de los libros no es polvo, es memoria pulverizada que se te mete en la nariz y te obliga a estornudar verdades. Hoy, bajo el domo de cristal de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) 2026, el aire se siente distinto. Es el aroma de la despedida, pero no de la ausencia, sino de esa embriaguez que deja el saber que las palabras, cuando son de a de veras, no se las lleva el viento.
Yucatán, este ombligo del mundo maya que se resiste a ser solo una postal turística, se confirmó esta semana como el gran caldero donde hierven las cosmovisiones. Aquí no solo se vino a hojear papel; se vino a entender que el mundo es un rompecabezas de muchas piezas y que en este rincón del sureste caben todas, incluso las que parecen no encajar.
El Puente de Arena y Sal: De Península a Península
Lo que pocos alcanzan a ver desde la comodidad del aire acondicionado es el hilo invisible que se tendió en esta edición. Una conexión que rompe la geografía: Las Penínsulas. Por un lado, nuestra tierra de lajas y cenotes; por el otro, la verticalidad indómita de la Baja California.
Pareciera que el destino, en un capricho de cartógrafo, decidió que México tuviera dos brazos extendidos al mar para abrazar lo que nos llega de afuera. Mientras en el Noroeste la literatura se bate a duelo con el desierto y la frontera, aquí en el Mayab la palabra florece entre la humedad y la resistencia. La FILEY 2026 fue ese puente de arena y sal donde el acento del norte y el suave cantadito de nuestra tierra se encontraron para reconocerse como hermanos de lejanía.
El Cierre de un Santuario
Hoy las puertas de este santuario de papel se cierran. Los fletes esperan afuera y los expositores comienzan a guardar sus tesoros en cajas de cartón que mañana serán solo recuerdos. Pero que no se confundan los señores del poder ni los mercaderes del olvido: la FILEY no termina hoy porque se apaguen las luces del recinto.
La FILEY se queda en el estudiante que descubrió un verso que le dolió en el pecho, en la mujer que encontró en un ensayo la fuerza para levantar la voz, y en este Yucatán que, fiel a su historia, sigue siendo el centro donde todas las formas de ver el universo confluyen sin permiso.
Se apaga la fiesta, sí. Pero la hoguera de las ideas queda encendida. Nos vemos en la próxima página, si es que la realidad nos permite seguir escribiendo esta crónica que se llama México.




